jueves, marzo 5

Ciudadano de segunda

Siempre he sido un ciudadano --aún antes de serlo-- de segunda. Podría culpar a mi padre por ello, por su dicho “el 9 es para el hombre, el 10 para Dios”, como lo haría cualquier otro ciudadano de segunda, acaso no. Desde la infancia tuve miedo a la excelencia, aunque siempre coqueteé con ella, con la posibilidad de llegar a la meta y, quizás, gozar de la felicidad verdadera, de la eternidad en un instante, o el grano de arena, el universo entero y todo eso lo del poema de Blake. A los 11 años --si es que la memoria es infiel a la ficción-- el primer miedo a la realización me sacudió por la espalda y me arrojó, así como si no queriendo, a la polvareda de una brecha en el Bosque de la Primavera. Era mi primer campamento cargando todo mi equipo y, quizás uno de los últimos, de mi vida como Lobato, como seisenero de manada, con apenas una especialidad omisa para el lobo rampante. Tenía todos los logros. Pudo haber sido tan fácil conseguirla. Me ganó la timidez; me paralizó la posibilidad del éxito. Caí sobre la tierra, aterricé sobre el codo izquierdo. Apenas un tropezón. Así, sencillo. 3 fracturas y el hueso dislocado. De vuelta al Hospital Santa María, a mi primera cirugía, a una larga rehabilitación. Dos clavos. No volví a los Boy-Scouts.
La segunda derrota fue --por los mismos tiempos de la tercera-- en el Cervantes Preparatoria. Fui de la selección de Basquetball B. Cuando tuve la oportunidad de seguir y empezar a jugar en la A, no fue solo el miedo el que me impidió la transición. Había descubrido (permítaseme usar el verbo conjugado así, me gusta como suena) al alcohol. Decidí seguir con la parranda y hacer a un lado los deportes. Aunque no del todo, seguí con el Tae-kwon-do, donde también experimenté una derrota, una posibilidad fallida. Había entrenado por años, ya unos 5. Era cinta roja doble-avanzada. O sea, unos cuantos meses, una rayita más, el examen y la posibilidad de obtener mi primer Dan, la mancha a la cintura que dice `tás cabrón. Fue entonces que caí de la bici, entrenando para una carrera que sería en el Bosque de la Primavera. Los ligamentos de la rodilla izquierda cedieron al putazo que me acomodé. 6 meses, yeso y recuperación. Las agujas de mi maestro Sun-myung Kim --asesinado unos años más tarde, a balazos en su oficina del gimnasio donde por tantos años entrené-- mi hicieron levantarme de una vez por todas y seguir. Sin embargo, ya no fue igual. Seguí caminando como si nunca nada hubiese pasado, pero la fuerza y el coraje para ir por el Dan no las volví a ver.
Ahora estoy con el brazo derecho en recuperación. Caí de nuevo de la bici. Le di en la madre al otro codo. Llevo dos placas de titanio dentro. Y estoy casi paralizado por el miedo a, ahora si, lograr un acto no adjudicable a un ciudadano de segunda. ¿Será de que verdad voy a ser Doctor en Matemáticas? `Tá cabrón.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tu lo que tienes es un karma con La Primavera...aguas que ya viene el 21.
Aùn si te rompes todos los huesos, no dejes de escribir.