lunes, octubre 12

volver a la rutina

Cuando uno no vuelve a la rutina, la rutina se encarga por desencajarlo a uno. ¿Quién chingados es ese uno? Yo, digamos. Tomemos --vaya paradójica confabulación de esquizofrenias-- como ejemplo al Rutinario. Plasmar pixeles sobre la pantalla y trasmitirlos al ciberespacio era --es, cuando lo hago-- para mí el análogo de la rubia constantemente mirándose al espejo. Yo no me miro pero me escribo; no vivo sino que me invento. Entonces, si abandono la rutina de volver cada día a mirarme al espejo, a mandarme a la chingada, allá donde pueda que en verdad quede la chingada, entonces dejo de vivir y simplemente me dedico a matar el tiempo. Si, vivir requiere mucho más que ametrallar a los segundos a veces insoportables pero tan deseados cuando se teme ya no más tenerlos. Después de haberme atemorizado ayer por la noche y revolcarme un chingo --mil, dos mil, un millón, la cantidad que sea-- de veces sobre la cama, hasta que la funda ya no cubria al colchón sino que se sentía como un músculo vivo, palpitante, bajo mi espalda, decidí volver a eruptar pendejadas al espacio. Aquí estoy, me veo. He vivido un segundo. Aplausos.

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