domingo, junio 21

La silla

De alguna u otra manera --chueca, retorcida o recta-- la mayoría aspiramos a una silla. Desde niños --cuando en el kindergarten, los unos, o en el jardín de niños, los otros-- jugamos a las sillitas. Correr y correr al ritmo de la música, al rededor de una hilera de sillas mirando, una si y otra no, hacia un lado. El ritmo cambiaba, se aceleraba ya, disminuía y el corazón palpitaba más, saltando la vena del cuello, esperando el silencio para, súbitos, sentarse en la silla más cercana. Esto porque había suficientes sillas para todos menos uno. La simetría, ligeramente rota, nos llevaba a competir por un asiento.

Pasaron los años y las sillas fueron cambiando de forma, de lugar, de compañía. Canté en el coro en primero de secundaria; al cambiarme la voz me corrieron. Llegué a tercero, amigo del twinki y mirando con ojos raros al ciego. Pase automático por soportar a los maristas durante 9 años. Gané mi asiento en la prepa del Costa, la tan anhelada por unos, opción casi única para la mayoría de nosotros. Claro que hubo uno que otro renegado, relegado. Así pasó con el escultor, el que una vez salió en canal 4, con sus caballitos de plastilina. Estaban chingones, cómo no.

Ya en el Costa, las sillitas fueron moviendose. Le hegemonía marista se había resquebrajado un poco. Robamos a Nietzche de la biblioteca, cotorreamos con Soroastro, conversación indispensable en la adolescencia. Vomitamos el sillón de la casa de los papas de Julieta; también el vocho del panal y ganamos, definitivamente, la expulsión del club de Los Pinos. Topen esa, que alcabo, mi gusto es... cantamos.

Pasaron tres semanas de Edeprem. Llegó el momento de buscar otra silla aunque, primero, muchos decidimos andar un poco, vagabundear por el mundo de los que no se sientan sino que viven parados. Pendejos, aventureros, inocentemente salvajes, partimos a Vancouver. Justo como el Zana, el Hippie, Joy, Carlo y otros habían hecho unos años antes. A pesar de las largas horas de pie, flipando pizzas por los aires, logré encontrar una sillita, en los primeros tiempos del correo electrónico, en la biblioteca pública de Vancouver. Cuánto debo a ese recinto sagrado --puta frase hecha, pero me vale madre.
Allí lei tanto como pude, miles de libros, no miento. El mejor, el que sigue en mi memoria, es uno sobre un monje budista que se le aparece a un cabrón, uno de los tantos que escribieron la historieta Superman. Siempre olvido el nombre del libro y del autor. Era bueno.

Después de un año, regresé a Tapanatos, buscando una silla. Pagué caro por ella. Demasiado caro. Salinas ya había hecho de las suyas y nos había trocado el depa de Puerto Vallarta por una deuda larga. Me senté en la silla de licenciatura en informática y no se que chingados por un semestre en el Iteso. Todo bien. Buena banda. La Cantina del Oso. Sentarse en el cenicero. El segundo semestre fue incómodo. Me había perdido un poco en Vancouver. Tocaba regresar, tratar de reencontrarme, de recuperarme y verme a mi mismo desde otros ojos.

Partí a seguir andando. Pasó el tiempo. Años. 3 y medio. La vida era buena. Fui feliz. Lo acepto. Sin embargo, desconfié de la facilidad de las cosas, del eterno presente --Nietzche, de nuevo?-- y demás pendejadas. Necesitaba una silla, una que me diera nombre, título, fuerza en la sociedad de la cual ya me había desprendido.

Volví entonces. Me senté por 4 años y medio en sillas destartaladas del Cucei. Me titulé. Licenciado en Matemáticas. Tengo hasta mi cédula, no crean que ando inventando mamadas.

Ahora, en Melbourne, siento que ya llevo mucho tiempo sentado. Ya hasta tuve mis primeras almorranas. Hasta les tomé foto. No se donde estan, lo juro, sino las mostraba. Son lindas esas fotos. He tomado un asiento para buscar otro, uno supuestamente permanente. Una vez nombrado Doitor en Pelosofía, estaré en posibilidad de buscar la silla de Profe. Sin embargo, las piernitas se me mueven y no se si quiero seguir sentado.

Hay otras sillas en las que pienso. La silla del escritor, la del jugador de poker, la del que hace sexo-conversaciones por teléfono. Yo no lo se de cierto, lo supongo...

1 comentario:

Diego Gómez Maurer dijo...

Demasiado bueno hanzo. demasiado cercano. me has hecho reír....