Han pasado 3 años desde que estuve por aquí, escribiendo sobre la promesa de escribir de nuevo, de retomar el hábito de hablar sobre las ficciones de la realidad. La pereza me ha robado fuerzas, el trabajo y las metas de productividad me han llevado a hacer a un lado la letra ociosa, el enunciado que no dice necesariamente pero transmite el sentido de la belleza, de la soledad, del miedo a la vida y a la muerte, de los corazones que se aproximan, estallan y se vuelven seres nuevos, renovados.
La libreta ha quedado en un cajón, manchada por el café desparramado, mutilada en partes, tachonada en otras, doblada de las orillas por el constante trajinar de las ideas. Sin embargo, la libreta, ahora que la veo con un dejo de nostalgia, no contiene más que anotaciones escuetas sobre los distintos proyectos, artículos científicos, proyectos de consultoría y metas de investigación, que han ocupado los últimos años de mi vida.
La libreta ya no es lo que solía ser, una compañera callada pero insistente, negra por fuera, crema por dentro, con sus hojas que invitaban a que se deslizara la pluma de gel, aunque se inundara de unas cuantas manchas, aunque la mano cargara la evidencia de la tinta durante días, dejando que las ideas se apropiaran de la hoja.
Hoy, después de 3 años, decido, de nuevo, estar aquí.
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22 de diciembre de 2017
5 de octubre de 2010
La fortaleza de las letras
Es curioso cómo, al paso del tiempo, he comenzado a olvidar que el placer por el placer mismo es suficiente justificación para realizar una serie de actividades que no necesariamente tienen alguna otra justificación. Por ejemplo, las letras y la estructura que puede crearse con ellas: ciertos movimientos, ritmos y sonidos mudos que bailan en la página (ahora ya casi extinta) en blanco. En algún momento me tracé como meta crear el rutinario para compartir una serie de pensamientos sobre las rutinas de la vida, sobre el devenir de lo que ya ni siento que viene, sobre los teje manejes de un mundo que no es sólo el externo, sino uno que, a veces, existe sólo en la imaginación. Así, he hablado de viajes en varios continentes, de viajes por varias profesiones, de viajes por varios estados de la conciencia. Al principio, lo hice por el mero placer de creer en las palabras hilvanadas. Luego, tomé al rutinario como una plataforma para recopilar los textos que fui publicando en suplementos culturales de periódicos y revistas. Finalmente, hace ya unos años, desistí al placer de las letras por la obligación de usar las letras en mi profesión: escribir una tesis de doctorado, redactar trabajos de investigación, notas de clase, proyectos de investigación y planes de negocios. Fue entonces cuando sentí que el placer, aun cuando presente de cierta forma, se esfumaba de la palabra en sí. Ahora me doy cuenta de ello, de la necesidad de perseguir a la banalidad, de las recompensas que brinda el placer por el placer mismo, sin necesidad de profesionalismo, aunque si con un cierto esquema y una rigurosidad que, inevitablemente, dan los años y la experiencia. Entonces, una vez más, me comprometo a volver al rutinario, a escribir una sarta de pendejadas que no interesan a nadie, ni siquiera a los que dejan comentarios spam sobre el tamaño de los órganos masculinos o las posibles parejas rusas para casarse y ser feliz. Vuelvo para seguir siendo, sin más
Tópico
trozos
Ubicación:
Guadalajara, Jalisco, Mexico
5 de julio de 2009
El cinturón
Para mi papá, el cinturón es importante. A mi no me lo parece tanto. No estoy seguro si sea mera rebeldía. Tal vez es la época en la que a cada uno nos ha tocado vivir. Mi abuelo, los tirantes; mi papá, el cinturón; yo, los pantalones ¨cargo¨ con listones ajustables.
Los cinturones ostentan poder, desde los que llevan hebillas con forma de AK-47, incrustadas con diamantes, hasta los del Consejo Mundial de Boxeo o de la triple A. Los tirantes los llevaba Chaplin en alguna de sus películas; también el Gordo y el Flaco, ¿no? Sin embargo, ¿quién chingados lleva hoy pantalones que no usen cinturón? Yo, entre otros.
Hay veces que el uso de un cinturón, combinable con los zapatos, es imprescindible. Así fue el día de mi boda. Rehusé el traje de pingüino pero algo decente tenía que vestir, aun cuando Dios no sería el juez principal. No compraría uno. No compré ninguno. Fue mi papá el que me lo obsequió, de esos doble vista, café por un lado, negro por el otro. De veras que son ingeniosos esos cabrones que hacen los cinturones.
Usé el cinturón por unas cuantas horas. Después de los tacos de cabeza y el pozole, tuve que desandar un botón, retraer un agujero el cinto que ya iba debajo de la barriga. Ya al final de la noche lo mandé a la chingada.
Todavía conservo el cinturón que me regaló mi papá. He tenido una que otra oportunidad de usarlo, sobre todo cuando fue necesario personificar a un adulto responsable, de esos que usan pantalones claros, camisa Nautica, zapatos marrones bien boleados y cinturón discreto pero elegante. También loción Channel Egoiste Platinum, como no.
Hoy no llevo cinturón. Voy de pants a todos lados: de la cocina, a la tele, al escritorio, al baño. Y así sucesivamente hasta que el domingo ya no pueda seguir cargándome.
4 de julio de 2009
Parafernalia
Yo quiero ver a Dios viva, no muerta, dice la actriz principal de una de las películas de Subiela. Ver el universo entero en un grano de arena, dice --creo, lo supongo, o lo invento-- uno de los poemas de Blake. Yo no lo se de cierto... dice, decía, el chiapaneco, en voz alta, en Bellas Artes. Yo busco el momento. Lo cabrón de la búsqueda es que si sigues en ella, nomás no encuentras. Me explico: si estas en el momento, no lo ves porque lo vives; si lo ves es porque ya no existe, o vive pero fuera de ti. No, no le he chupado la panza a ninguna rana y tampoco creo querer hacerlo. Lo que me hace cabilar es el proceso en el que me encuentro. La puta tesis. Ya parece una condena en una isla, Malvinas, Marías, Alcatráz, Australia, da lo mismo.
Interludio. Yo no le creía a Pablo --aunque ya no se como ahora se llame-- cuando me contaba sobre la escritura perfecta, la de una frase, un punto. Así. Corto. Justo como el escritor catalán ese, del que estoy seguro guarda sus libros, libros cuidados, cuidadísimos. Hasta nos burlamos algún día M y yo sobre cómo parecía que nunca los había leído. Yo creo que si lo hizo. Los leyó. Luego compró otros, sin leer, para tenerlos. Volvamos.
El momento no es nada más que la vida. O sea, la mayoría vive sin darse cuenta. Allí es cuando en verdad están presentes. Al contemplar el presente me desdoblo en otro tiempo. Vaya parafernalia. No se por qué lo digo, pero lo escribo. La ceremonia: la de la vida. Sepa Dios.
Muñequeo
Hoy decidí romper las reglas del urbanismo y buenas costumbres, de las niñas bien y de los caballeros decentes. Hoy me levanté al mediodía, evité a cualquier costo bañarme, aunque la cabeza me picaba --aunque si me razuré, no sé que me ha dado últimamente por andar bien afeitado. Me preparé unos huevos con machaca, y me hice un par de burritos con tortilla de harina. Frijolitos negros. A medio calentar en el micro-ondas, también. El taco era tan gordo que sus contenidos se despilfarraban. O sea, los granitos de frijol, los jitomates cortados en trozos, la cebollita, el chilito y la machaca de res. Ya en el plato, la vista los contempló y se dijo, o me dijo o se dijeron la vista y mi mente: ¿y ahora qué hacemos con los trozitos? Pues aplícale el muñequeo, en honor a mi compadre. Y asi lo hice. No fueron dorados de barbacoa, mojados de con Lalo, pero la mugre se impregnó en la mano, el apetito se satisfizo, la sangre corrió de la cabeza al estómago. Ya rotas las buenas costumbres me dije a mi cabrón: cabrón, vamos a fumarnos una manzana. Dicho y hecho. Le di fuego; así es como escribiendo estas líneas ando. Qué ganas de ir a tocar tambores a Pinar. Compadre, ¿vamos?
23 de junio de 2009
Test
Me sorprende el interés por la futilidad. Saber que se para seguir siendo o ver qué podría ser si tan solo fuese. Test. Prueba. Posibilidad. Si la pregunta conduce a la respuesta acertada, palomita. Pero, ¿cuál es la respuesta cuando se ignora la pregunta? Digamos. Tengo ganas de echar una caca --o liberar a Willy, como dice uno que otro de mis paisanos, en especial los del rumbo del Mercado de Abastos. Entonces, la respuesta es conocida. Desalojar la tripa. Sin embargo, a la pregunta de dónde tirarla, ¿se da una respuesta única? Pues en el escusado, no sea wey profe, diría alguno de mis estudiantes --aunque no los tengo, lo supongo. Qué pasa si uno vive en Singapur. ¿Te avientas a hacer en cucliclas y tirarlo a una tina de agua? O entre los arbustos, en Mazamitla, o en una fosa séptica, en Maruata, o enterrado en la arena, en Byron Bay. Va igual. De cualquier forma, la caca sale y ya no es propia cuando fuera anda.
Volvamos al test, a la prueba, a la necesidad de reforzarse en lo que uno es o lo que quisiera ser. Busco entre los tests que últimamente han realizado mis caralibro-amigos: una fue rey Arturo en otra vida, Jack Skellington como personaje de Tim Burton y es el príncipe Adam según Disney. Otra mide sus conocimientos sobre Bob Esponja, mientras que uno más se contempla en el Bar de Moe al darse cuenta que morirá entre los 30 y los 40, según otro test.
Dejemos al test y tornemos al exámen. Al tan --el chico-- temido, al que causa visitas al médico por justificantes de ausencia, mordidas, obsequios, favores y miraditas de lado a la maestra cuarentona, soltera, quedada, un cuanto cuanto deseable, nomás por hacer la malhora, por apuntar en el cuadernillo de historias, por honrrar al Marqués. Es ese el compulsivo, el que pasas o pasas porque sino te chingas. ¿Y si me chingo, qué chingados? Al cabo luego yo me los chingo, dice el morro aguzado. A mi me valde madre la escuela, dice la güera que enseña pierna al morrito excitado, esperando al príncipe encantado, al narco mediano o al político corrupto, católico y malencarado.
Pasa la edad y luego uno se da cuenta que los tests no son mas que una jalada. Que los exámenes sirvieron sólo para unos cuantos, los que los pasaron y luego se fueron a tomar chambas serias, la mayoría. También están los renegados. Yo era camionero antes de ponerme estas tetas, dice Agrado.
La sorpresa mayor es la de los pendejos que seguimos estudiando, sin miedo a la prueba, sabiendo que los test de MENSA están a nuestro nivel, que el test psicolosumadre que te aplican para entrar a vendedor de cambaceo en Sabritas está bien pelado. Los que pasamos el Toefl con uno u otro error y nos sentimos apeandos, mientras otros pasan años y años estudiando parados.
De que los hay, los hay, i´ñor.
19 de mayo de 2009
De vuelta a la isla
De vuelta a la isla, al agujero negro de una galaxia desconocida, a la tierra de nadie usurpada por una bola de bandidos. Piratas, reos y oportunistas; exiliados políticos, refugiados de guerra, de hambre, de miseria; hombres y mujeres en pos de un trozo de sueño americano, aunque esta no sea América, si empieza con A.
Aquí estoy como caído de un vuelo que iba a otro lado, a un destino que por fin llamaría casa. Ahora estoy como si estuviese yendo. Los primeros días todavía caminaba hacia la playa y miraba detenidamente al océano, aguzando la vista, esperaba la salvación pintada en un buque pesquero que me devolviera a casa. Pasado el tiempo, me hice flojo o me hice a la idea o simplemente ya no supe ni a dónde iba. Dejé de ir al mar. El café de la mañana me pateaba en el trasero y me decía: ponte a hacer algo, wey. Así fue como me hice a la idea de la vida aquí, en otro lado.
Es entonces que me siento frente al ordenador --pinches palabritas que se inventan los españoletes, ¿no?-- y me miro al espejo de la red. Si, porque plasmar las ideas de uno, si es que una que otra se tiene y unas que otras se tasajean, no es compartir sino afirmarse como ser humano en un mundo que ya no se sabe bien si es cierto. Me explico: al sentirme leído por un chino, me afirmo mexicano en Australia. Si un tapatío se mancha la camisa de chile de torta ahogada y se tira un pedo después de leer mi sarta de pendejadas, entonces respiro la tierra mojada y las nubes de humo que entran a la cantina de los Molachos --¿si se llama así, la que está en 16 de Septiembre, a unas cuadras de la jodonda de los pinches ilustres?.
Si, las letras no son más que una banalidad afeitada. Si los gatos de Monsi se dan el lujo de cagarle las letras y luego el muy cabrón las manda a los perioskidos pa´ que se las publiquen y le paguen por ello, ¿por qué no escupir en un blog que nadie lee, de a gratis?
Retomo la senda de El Rutinario como un compromiso a mi propia vanidad. Acaso los detonadores fueron la máquina de afeitar que recién compré y el esfuerzo de mi compadre por narrar sus pericias en el Parque Metropolitano. El Rutinario no solo se compromete con plasmar un montón de pendejadas con abuso del lenguaje, sino que me permite: sentirme en casa y escapar del pinche inglés aussie; dejar constancia de uno que otro arti-culito de divulgación que publico por ahí, uno que otro poemilla --aunque procuro ya no caer en la tentación, y algunas piezas de opinión que por lo general han de valerle madre a la humanidad. En fin, sea pue´.
13 de septiembre de 2008
La dinámica del movimiento
...opinó que lo importante era moverse, la dinámica del movimiento, lo que equiparaba a los hombres y a todos los seres vivos, incluidas las cucarachas, a las grandes estrellas.
(Roberto Bolaño, 2666, p. 851)
10 de septiembre de 2008
la realidad
... sólo que a veces la realidad, la misma realidad pequeñita que servía de anclaje a la realidad, parecía perder los contornos, como si el paso del tiempo ejerciera un efecto de porosidad en las cosas, y desdibujara e hiciera más leve lo que ya de por sí, por su propia naturaleza, era leve y satisfactorio y real.
(Roberto Bolaño, 2666, p. 727)
6 de septiembre de 2008
Tiros en la nuca
Toda vida, le dijo esa noche Epifanio a Lalo Cura, por más feliz que sea, acaba siempre en dolor y sufrimiento. Depende, dijo Lalo Cura. ¿Depende de qué, buey? De muchas cosas, dijo Lalo Cura. Si te pegan un balazo en la nuca, por ejemplo, y el pinche asesino se acerca sin que lo escuches, te vas al otro mundo sin dolor y sufrimiento. Pinche escuincle, dijo Epifanio. ¿A ti te han pegado muchos tiros en la nuca?
(2666, Roberto Bolaño, p.639)
14 de septiembre de 2006
Don Juan
La tentación donjuanista es una tentación erótica qunque también literaria. Don Juan dura porque nada lo puede satisfacer (o como cantaría la mejor encarnación contemporánea de Don Juan injertado con Lucifer, you can´t get no satisfaction). Es la instatisfacción del Burlador sevillano la que le abre las puertas de la metamorfosis perpetua. Siempre deseoso, siempre ávido, jamás termina, nunca muere: se transforma. Nace joven y con escasos amores (dos o tres en Tirso), se hace viejo en un instante, saciado pero insatisfecho, malo y cruel caballero (en Molière). El querube perverso y juvenil de Tirso se convierte en la máscara mortal de Louis Jouvet, una gárgola gálica racionalista que ya no cree en el plazo infinito de la vida adolescente (<>) sino que es, él mismo, el portador de la máscara de la agonía. Byron, para evitar competencia, doma a Don Juan y lo sienta a tomar té con la familia en uno de esos inviernos ingleses que < >. Pero le da un giro argentino a esta metamorfósis doméstica. Don Juan descubre que no está enamorado del amor, sino de sí mismo. El amor de Don Juan por Don Juan es una trampa imperiosa --no menos que la del amor.
Ser todo esto, qué sueño, qué elixir, el Don Juan de Gautier, Adán expulsado del paraíso pero que retiene la memoria de Eva, la memoria encarcelada que lo ata a la búsqueda perpétua de la amante y madre perdida; el Don Juan de Musset, hundido en un mundo de cantinas y burdeles, donde espera encontrar a <>. Se engaña; sólo busca a Don Juan y aunque todas las mujeres se parecen a él, ninguna era él. Pero acaso el verdadero Don Juan, el más público por ser el más secreto, es el de Lenau, el que admite que quiere poseer simultáneamente a todas las mujeres. Éste es el triunfo final de Don Juan, su placer más seguro. Tenerlas a todas al mismo tiempo.
--Esta noche he de gozarlas. A todas.
Más que la ubicuidad, el placer de Don Juan, sin embargo, depende del disfraz y el movimiento. Es como el tiburón: tiene que moverse constantemente para no hundirse al fondo del mar y morir. Se mueve, y se mueve enmascarado, el antifaz encubre su condición larvada, mutante, metamórfica. Se mueve y cambia tan rápidamente qeu sus propias imágenes no logran alcanzarlo. Ni Aquiles ni la Tortuga, Don Juan es la parábola del hombre disfrazado cuyos disfraces corren siempre detrás de él. Está desnudo. Goza desnudo. Mas para moverse, debe vestirse, disfrazarse y sin embargo dejar atrás el último disfraz, conocido ya, adivinado ya, antes de asumir el siguiente. En su desamparo momentáneo, en su desnudez de Duchamp subiendo por los balcones y bajando por las escaleras, Don Juan es Don Juan sólo para dejar atrás su propia imagen. Corre, inalcanzable por cualquier imagen que quisiera fijarlo, experimentando la velocidad del placer en la velocidad del cambio, venciendo todas las fronteras. Don Juan es el fundador del Mercomún Europeo, tiene amantes en Alemania, Turquía y en España, nos informa Mozart, son ya mil y tres. Maquiavelo del sexo, figura disfrazada para escapar a la venganza de padres y maridos, pero, sobre todo, para escapar del tedio... Así quería, secreta, ridícula, dolorosamente, ser yo...
(Carlos Fuentes, Diana o la cazadora solitaria)
Esos días de la Mutua que se fueron... queriendo ser.
13 de septiembre de 2006
Monólogo de la extranjera
Vine de lejos. Olvidé mi patria.
Ya no entiendo el idioma
que allá usan de moneda o herramienta.
Alcancé la mudez mineral de la estatua.
Pues la pereza y el desprecio y algo
que no sé discernir me han defendido
de este lenguaje, de este terciopelo
pesado, recamado de joyas, con que el pueblo
donde vivo, recubre sus harapos.
Esta tierra, lo mismo que la otra de mi infancia,
tiene aún en su rostro,
marcada a fuego y a injusticia y crimen,
su cicatriz de esclava.
Ay, de niña dormía bajo el arrullo ronco
de una paloma negra: una raza vencida.
Me escondía entre las sábanas
porque un gran animal
acechaba en la sombra, hambriento, y sin embargo
con la paciencia dura de la piedra.
Junto a él ¿qué es el mar o la desgracia
o el rayo del amor
o la alegría que nos aniquila?
Quiero decir, entonces,
que me fue necesario crecer pronto
(antes de que el terror me devorase)
y partir y poner la mano firme
sobre el timón y gobernar la vida.
Demasiado temprano
escupí en los lugares
que la plebe consagra para la reverencia.
Y entre la multitud yo era como el perro
que ofende con su sarna y su fornicación
y su ladrido inoportuno, en medio
del rito y la importante ceremonia.
Y bien. La juventud,
aunque grave, no fue mortal del todo.
Convalecí. Sané. Con pulso hábil
aprendí a sopesar el éxito, el prestigio,
el honor, la riqueza.
Tuve lo que el mediocre envidia, lo que los
triunfadores disputan y uno solo arrebata.
Lo tuve y fue como comer espuma,
como pasar la mano sobre el lomo del viento.
El orgullo supremo es la suprema
renunciación. No quise
ser el astro difunto
que absorbe luz prestada para vivificarse.
Sin nombre, sin recuerdos,
con una desnudez espectral, giro
en una breve órbita doméstica.
Pero aun así fermento
en la imaginación espesa de los otros.
Mi presencia ha traído
hasta esta soñolienta ciudad de tierra adentro
un aliento salino de aventura.
Mirándome, los hombres recuerdan que el destino
es el gran huracán que parte ramas
y abate firmes árboles
y establece en su imperio
--sobre la mezquindad de lo humano-- la ley
despiadada del cosmos.
Me olfatean desde lejos las mujeres y sueñan
lo que las bestias de labor, si huelen
la ráfaga brital de la tormenta.
Cumplo también, delante del anciano,
un oficio pasivo:
el de suscitadora de leyendas.
Y cuando, a medianoche,
abro de par en par las ventanas, es para
que el desvelado, el que medita a muerte,
y el que padece el lecho de sus remordimientos
y hasta el adolescente
(bajo de cuya sien arde la almohada)
interroguen lo oscuro de mi persona.
Basta. He callado más de lo que he dicho.
Tostó mi mano el sol de las alturas
y en el dedo que dicen aquí "del corazón"
tengo un anillo de oro con un sello grabado.
El anillo que sirve
para identificar a los cadáveres.
Rosario Castellanos
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